Esta semana se han presentado las cuentas del sector musical en España en 2009, y como suele suceder en estos casos, habrá sitio para las lecturas opuestas. Los catastrofistas pondrán el grito en el cielo por el descenso de las ventas y el uso del P2P en España, que duplica la media europea. Los optimistas destacarán el crecimiento de las ventas en formato digital, un mercado que apenas se ha explotado todavía en España.
La temporal presidencia española de la UE, además de haberse convertido en uno de los comodines con los que TVE rellena los huecos dejados por los anuncios publicitarios, no ha comenzado con buena imagen en Internet. Como desgrana en este análisis Juan María Macías, la página oficial sería excelente si correspondiera a la web de un estudiante, a una asociación vecinal o una pyme, pero deja mucho que desear si hablamos de la imagen de España al exterior, con numerosos fallos de seguridad, diseño, optimización SEO o aspectos legales.
¡Ojo, que no es criticar por criticar! Pero es que cuando se destinan 12 millones de euros a construir una web, tenga el objetivo que tenga (y en este caso no es precisamente banal) se debe exigir, como mínimo, profesionalidad y calidad.
Si el presidente de Coca Cola declarara que hoy en día no tiene importancia preocuparse por la dieta, dada la cantidad de grasas y azúcares que ingerimos habitualmente, o si el máximo responsable de VISA afirmara que no tiene sentido vigilar los fraudes electrónicos, dado que el cibercrimen es ya toda una industria consolidada, ¿no nos sonaría todo un tanto extraño? Probablemente.
Por eso, que Mark Zuckerberg, el fundador y CEO de Facebook, la red social donde es posible bucear entre miles de millones de datos personales, afirme que la privacidad ha dejado de ser una prioridad por ser una convención social del pasado, suena un tanto mosqueante. Sobre todo si también nos enteramos de que, al parecer, a Facebook no se le escapa un solo movimiento de sus usuarios, toda una mina en forma de data base de donde extraer información comercial.
Arthur Firstenberg ha tenido la mala suerte de nacer en un siglo equivocado. Y es que este vecino de Santa Fe, en Nuevo México (EEUU), padece del llamado Síndrome de Sensibilidad Electromagnética, una enfermedad que le provoca todo tipo de achaques cuando su cuerpo se ve expuesto a las radiaciones que emiten antenas, móviles, routers y demás cacharros electrónicos.
Tan aquejado parece el hombre de su mal que ha tenido que abandonar su hogar, previa denuncia a su vecina por negarse a desconectar su iPhone por las noches, e irse a vivir al coche, ya que tampoco puede tolerar el WiFi instalado en la mayoría de los hoteles. Suerte que en Nuevo Mexico siempre podrá mudarse al cercano desierto, donde las únicas vibraciones que podrían perturbarle son las de las colas de las serpientes de cascabel.
Parece que a nadie se le había ocurrido crear una gran biblioteca universal accesible a través de Internet hasta que Google tuvo la idea de hacerlo, o sólo se había hecho algún intento chapucero y a medio gas. Al arrancar el proyecto de escaneado y digitalización de libros de Google Books, algunos se han dado cuenta de que tenían en casa un patrimonio tan rico como inutilizado, y les ha entrado el orgullo patrio ante el “atrevimiento” de la compañía californiana por asignarse esa misión.
Ya sabemos que el gobierno de Sarkozy preguntó recientemente a sus ciudadanos qué entienden por ser francés. ¿Será una de sus señas de identidad que tenga que venir Google a refrescarles su patrimonio cultural?
El nuevo Reglamento de desarrollo de la Ley Orgánica de Protección de Datos (RLOPD) incluye como novedad una referencia a las obligaciones que deben cumplir los productos de software para el tratamiento de datos de carácter personal, en función del tipo de datos que en ellas se traten. En este artículo, todos los detalles.
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La neutralidad de la Red, ese difícil equilibrio
Conforme sociedad y gobernantes asumen que la Red está aquí para quedarse, van apareciendo leyes –algunas aprobadas, otras malogradas-, que intentan encontrar la fórmula mágica de legislar Internet sin romper el juguete.
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